Miro el reloj y siempre me atrapa el mismo karma. Empieza antes de que pueda pararlo y se desata la confusión en mi. Se pueden inventar cientos de cosas que expliquen o lo intenten explicar, pero ninguna me convence. No puedo leer estas señales. No sé si el reloj me querrá decir algo o es pura casualidad. Me atormenta en cada ocasión. Y yo me pregunto: para qué mirarlo? Para qué seguir dando vueltas a una situación que puede ser totalmente aleatoria? Pero no lo es. Puede sonar muy tonto explicar la causa de mi tormento. Pero para mi, tampoco lo es.

Me persiguen los dígitos repetidos. Las horas que concuerdan. Me persiguen las horas capicúas, las horas mellizas, los mismos momentos. Me persigue un recuerdo de esas agujas pasadas, un recuerdo de tiempos soñados. Me persigue esa risa. Tan inconfundible, tan precisa. Ella era una de esas personas que expresaban mejor su frustración con una sonrisa. Te miraba, se reía y vos sabías, por esa forma tan particular, de que algo más pasaba. Algo andaba mal. Consolarla era lo único que importaba. Sólo restaba mirarla, devolverle la sonrisa, acariciarle una mejilla y con eso, juro que con eso, ella sabía que todo iba a estar bien. Así de sencillo. Así de simple. A veces, nada más importa.
Gracias. Te digo gracias por sacarme las sonrisas y no devolvérmelas. Espero que te sirvan. Yo sólo puedo mirar el reloj. Las horas, malditas sean, me recuerdan que ya no las tengo más.
J
“No podemos matar el tiempo sin herir la eternidad.” – Henry David Thoreau
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