Ellos se daban la espalda, mientras pensaban el uno en el otro. Se imaginaban juntos, se ilusionaban juntos! Sin conocerse, sentían como explotaba algo dentro de ambos. No tenían dudas, eran el uno para el otro.
Creían en la filosofía de la otra mitad. En un alma gemela. Ambos dos, fanáticos de Aristófanes y su discurso en “El Banquete”. Los dos pensaban igual, los dos lo habían discutido. La conexión de ellos iba más allá de cualquier sentido conocido.
Se conectaban a través de sueños. En un primer momento, ninguno de los dos pensó en que el otro podría ser real. Se tomaban como una ficha más de un tablero donde el inconsciente siempre gana las partidas. Pero el tiempo fue pasando, y algo empezó a brotar. Podría ser? Podrían ambos ser reales?
Su problema era difícil: cuando se intentaban tocar, se despertaban. Amarga cadena llevaban. Todo lo alucinante del sueño se perdía y sólo quedaban pedazos inconclusos. Intentaron ponerse de acuerdo y lograr un encuentro en el mundo real, pero por alguna cuestión, siempre despertaban en el momento preciso.
La cadena apretaba más y más, una condena terrible para los dos. Dos que se sabían reales. Dos soñadores que fueron uno solo alguna vez y que un rayo maldito los partió a la mitad. Pero dos soñadores al fin, que saben que en su mundo onírico toda posibilidad puede ocurrir.
Donde todo es posible… A quién le importa una condena injusta?
Seguirán soñando con ese instante ideal, en el que al fin uno gire la cabeza y se encuentren de sorpresa, como por primera vez.
J
“Amo a los que sueñan con imposibles.” – Johann Wolfgang von Goethe
Anuncios