Su locura, lejos de ser una pesadilla, era mi más noble felicidad. Me encantaba mirarla, saborearla, jugar con ella, disfrutarla de noche. Y mucho más aún, con las estrellas como techo y con su mirada sobre la mía.
Eramos dos locos orgullosos de lo que teníamos. Cuando caminaba a su lado no necesitaba agarrar su mano. Nos sentíamos fusionados sin necesidad de un roce innecesario. Y ella igual, a mis oídos, me susurraba su libertad. Teníamos la seguridad de que el horizonte nos miraba, y nos incentivaba a caminar juntos para poder abrazarlo.
Todavía creo en las historias que son demasiado poderosas como para dejarlas en el olvido. Todavía te pienso cada noche. Incluso trato de acariciarte cuando me despierto un domingo cualquiera y solo encuentro el rumor de tu cuerpo a mi lado. Todavía la realidad me cachetea por mi locura, que al perder la tuya, se quedó vacía sin una musa.
 
J
“No estamos aquí para sanar nuestras enfermedades, sino para que nuestras enfermedades nos sanen” – Carl Jung
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