Afuera truena, llueve, llueve mucho. Logro dormirme, después de un rato dando vueltas. Pero otro estruendo, vuelve a romper la ilusión. No tengo miedo; sólo me exalto. Mi mente divaga y sin casualidad, llega a vos. Un terror repentino empieza a trepar desde los pies hasta envolverme por completo. No pareciera ser mio. Y creo que no: supongo que es mi cuerpo mimetizando con el tuyo.
Te imagino despierta, abrazada a la almohada, sin poder cerrar un ojo. Te imagino asustada, a cada rayo que cae, a cada ruido que explota y se me revuelve el centro del pecho. Porque recuerdo esa noche, la que dormiste conmigo y  caía una lluvia como la de hoy. Y de un momento a otro, el primer trueno cayó, tu abrazo me atrapó y no me quiso soltar. Me contaste al oído tu terror a los truenos, del miedo que te dominaba en estas noches, sin poder controlarlo. Yo, con tus ojos a centímetros de lo míos, te prometí cuidarte hasta el fin, y hasta una pelea con Zeus, si eso te calmaba. Me agradeciste con besos, con caricias, y más miradas.
Ahora caen truenos, y solamente puedo escuchar como gritan detrás de la persiana. Me hablan de esa promesa que no pude salvar. ¡Qué injustos! Si fuera por mi todo, absolutamente todo, le hubiera podido guardar.
Ella eligió quedarse con la almohada y perder mi abrazo. Y acá estoy, sentado en la cama con sólo un recuerdo: él de la paz que cuidarla me inspiraba.
 
J
“No todo se puede olvidar, ni aún teniendo la voluntad necesaria” – Albert Camus

 

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