– Hola amigo! Todo bien? Yo todo en orden, por suerte. Che, sabes que el otro día me quede pensando en la pregunta que me hiciste. ¿No te acordás la charla de la semana pasada en el bar? Uf, los estragos que hace la cerveza en vos loco! Bueno, te refresco un poco…
Estábamos hablando de los ideales, de nuestras relaciones y me preguntaste, no recuerdo exactamente la pregunta, pero era algo como: ¿qué es lo que amas de ella? No te lo pude responder ahí porque quería meditarlo un poco. Y la verdad es que después me quede pensando, le dí vueltas cuando volvía en el colectivo, lo pensé en mi casa y aún todavía hoy, no sabría como responderte exactamente. Por supuesto que no amo sus caricias desprevenidas cuando me ve con la mirada perdida, ni mucho menos, sus abrazos que me arrastran a su pecho cuando estoy cansado. Tampoco puedo amar su resplandor de madrugada, tan luminoso y desperezado. Esos chistes ocurrentes que me cambian el humor no pueden ser amados. Amarla cuando la veo reír por el canto de un pájaro o porque un perro le menea la cola, no es posible. Menos aún, sentir que la tengo cerca, sentirla mi confidente, sentir que con ella puedo ser yo y no usar la despreciable careta que, a veces, nos solemos poner para agradar a otros. Y no voy a amar nunca, pero nunca, que ella diga que me extraña, que me necesita y que siente algo por mi de una manera especial como nunca antes lo sintió.
Por eso, para serte totalmente sincero, creo que no la amo. Creo que es más fuerte que el amor y todavía nadie inventó esa palabra.
 
J
“Amar es despojarse de los nombres” – Octavio Paz
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