Todo estaba tranquilo en el parque. El viento tocaba su canción de susurros y transportaba los sonidos del mundo. Lo escuchaba en silencio. Un silencio que invadía por completo: lleno de palabras, cargado de recuerdos.
Hasta que un rumor infló el ambiente. Escuché un llanto. En un primer momento, no pude distinguir de donde procedía. Todo estaba tan estático que me costó poner atención a ese llamado inesperado. Porque pensándolo bien, todos los llantos son avisos, cada lágrima es un pedido de ayuda, un reclamo buscando un hombro donde poder apoyarse.
El llanto seguía presente. Un llanto mudo, sollozo apagado de lágrimas resecas. Supongo que el tiempo las había hecho así, las había desgastado. Mi mirada recorría el prado y no veía nada. Todo estaba igual. Pero un hecho rompió el equilibrio y por fin, me enfoqué. Sentí una gota caer sobre mi palma. La gota rebalso el vaso, como suele hacer, y lo entendí todo. Era yo mismo. Mi mente vagabunda se perdía en ella misma para no caer en el abismo, de un cuerpo que sufre con disimulo, hechos sin retorno.
Es difícil volver a ver los paisajes tan coloridos, tan llenos de vida, cuando el pasado esperado no vuelve. A veces, cuando ves tantos colores y de repente alguien apaga la luz, podes pensar que nunca estuvieron ahí.
 
J
“Estoy tan solo como este gato, y mucho más solo porque lo sé y él no.” – Julio Cortázar
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