Desde que el viernes amaneció, el sol ya no brillaba igual. Le faltaba algo al día para ser como cualquier otro. Lo miraba y él no me devolvía la mirada.
Desperté esperando no sé que. Pensaba que todo era igual. Pensaba que nada había cambiado. Todavía no sé si sigo colgado en un sueño, o si solo esta cabeza obstinada, quiere patear de nuevo en contra de nuestro propio arco.
El jueves te vi y me dijiste adiós. El adiós más duro de toda mi existencia. No pronunciaste la palabra, pero la vi escrita en tus ojos. La vi dibujada en tus manos, en unas palmas que a su vez, tapaban una cara que pretendía no quebrarse en llanto. Fue un adiós confuso, cargado de dolor y angustia.
Un adiós que me pedía ayuda aún queriendo verme lejos.
 
J
“Si se estrechan las manos, si se abraza,
nunca es para apartarse,
es porque el alma ciegamente siente
que la forma posible de estar juntos
es una despedida larga, clara.
Y que lo más seguro es el adiós.” – Pedro Salinas
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