Hubo un tiempo en el que tenia eternizada a la soledad en mi. Creía solamente en cuentos de hadas y en vacíos libros de autoayuda. Pasé tardes y noches enteras atormentándome con canciones de tinte melancólico. Soñaba. Personificaba en cada personaje a mi futuro amor. Todas eran ella. Ella era rubia, y a veces, ella era morena. O bailarina, o actriz. O una magnífica escritora. En definitiva, ella era para mi, un ideal.
Felizmente, soy un triste idealista. Simple, si. Pero a la vez tan complejo como sólo un idealista puede serlo. Me fascinan las dualidades y las paradojas. Me entusiasma la discusión sin retorno y los problemas de sentido. Soy un soñador nato de utopías, escondido tras un cuerpo duro y un pesimismo injustificado.
Pero tras todo eso, vos vas a seguir siendo un ideal. Lleno de perfecciones y de fallas.  Un ideal tan propio que me arrastra por el tiempo y me lleva al sinsentido mismo.
Un ideal de media naranja, agrietado por el ácido de aquella fruta.
 
J
“El ideal no es más que la verdad a distancia” – Alphonse de Lamartine
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