Me pierdo fácil. Me cuesta creer en algo. Desde pendejo, las pérdidas me hicieron ver las cosas como son y no como te las cuentan. Nada dura lo que queremos y tampoco, como lo queremos. Y si alguien me pregunta: “¿A qué le tenes miedo?” La respuesta la tengo bien clara. Le tengo un gran miedo al fin y a todos sus derivados.
¿Cómo puedo empezar algo si ya sé que se va a terminar? Esa dualidad intrínseca de la existencia me carcome por dentro desde que el click hizo mella. Porque siempre un click aparece. Siempre de un momento a otro. Siempre de repente. Y la visión que creías tener se vuelve borrosa; una novedosa perspectiva miope te pide nuevos cristales para poder entender.
En ese momento, comprendí de lleno la dualidad y me frustre. La puta que a veces es mejor dejar la vanidad de lado. No “a veces”, perdón. Siempre es mejor dejarla a un lado. En mi caso, sólo creo tener marcada de un tipo: voy al fondo, intento ir siempre al hueso de la verdad, de un saber “original” y no quiero que ninguna venda me tape los ojos de lo real. Pero soy así, y no creo cambiar. La mayoría de la gente vive con la venda y cree ser feliz. Allá ellos con su visión perdida. Prefiero morir en la mía, sin venda, con los ojos bien abiertos y la cabeza en su lugar.
 
J
“Todos quieren poseer conocimientos; pero pocos están dispuestos a pagar su precio.” –  Décimo Junio Juvenal
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