Hay una puesta de sol que me visita regularmente y jura conocerme. Me habla de vueltas y calesitas con sus sortijas en juego. De toboganes que suben y bajan en un arenero poblado de pequeños. Dice que hubieron risas eternas donde un par de almas juntaron sus cuerpos en medio de un fundido cielo naranja, rodeados de transeúntes despistados y de voces agudas. Hay un atardecer que llega y presiente una despedida de las que no encuentran retorno.
A veces, cerramos los ojos con tanto ímpetu para no ver lo que tenemos en frente. Intuimos desenlaces que suelen suceder pero preferimos creernos fantasías breves con aromas excitantes y breves sonrisas de placer. En mi caso, esta preferencia no admite quejas y creo haber encontrado un por qué exacto: no creo que exista mejor sonrisa que la de su boca frente a la mía.
El atardecer sigue cayendo y aquí me encuentro yo, volviendo a extrañar esa mueca puesta en su boca.

 
J
“Opino que lo que se llama belleza, reside únicamente en la sonrisa” – León Tolstói
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