Desperté en un museo. No encontré cuadros ni estatuas. No había esculturas. No exhibían momias, ni se asomaba tótem alguno. Abrí los ojos y me dí cuenta donde estaba: era un museo lleno de recuerdos, donde ellos flotaban y corrían como películas. Había para todos los gustos. Vacíos de paisajes pero llenos de sensaciones. Otros, tan completos de bellas vistas y grandes soles. Algunos partidos en dos, con partes confusas y borrosas. Pero así son los recuerdos, membranas imborrables en lo profundo de las mentes huracanadas. Están ahí, en medio del torbellino, en medio de vientos sin rumbo, esperando que algo los desate y rescate de la tempestad. Cada recuerdo resalta una lucha, una esperanza, un deseo. Una tristeza, una pasión, un amor.

Recordar, como dice la palabra en su etimología proveniente del latín, es volver a pasar por el corazón.

Recordar, como también suelo pensarlo yo, es volver a vivir a través de la memoria y vencer la linealidad de un tiempo tirano.  

 
J
“Recordar es la única manera de detener el tiempo” – Jaroslav Seifert
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